Todos los Derechos reservados © 2020, Marco Mares

Arturo Carranza Guereca

Desafíos de la transición energética

Aun cuando las acciones para afrontar la crisis climática se deben dar desde una perspectiva global, las formas de producir y consumir la energía deben tomar en cuenta las dimensiones locales

Publicado

el

Tengo la impresión de que hoy, como nunca antes, el mundo padece los efectos de la crisis climática. Lo digo no solo por las torrenciales lluvias de la semana pasada en China (donde los niveles de lluvia registrados solo pueden verse “una vez cada cinco mil años”) o por las intensas precipitaciones de mediados de julio en Alemania (descritas como “las más intensas en un siglo”). Me refiero, también, a lo que sucede en México. 

Las personas que vivimos aquí podemos registrar, en menor o mayor medida, las consecuencias del cambio climático. Al respecto, creo que resulta interesante apuntar hacia uno de los fenómenos climáticos que más afecta a las actividades económicas en el país: la sequía. Según la Comisión Nacional del Agua (Conagua), actualmente el porcentaje de áreas con sequía en territorio nacional es de 28.04 %, siendo los estados de Baja California, Sonora y Sinaloa los más afectados (Monitor de Sequía de México al 15 de julio de 2021, Conagua). 

En este contexto, la transición energética toma una relevancia singular. No hay que olvidar que el sector energético contribuye con alrededor de tres cuartas partes de las emisiones de gases efecto invernadero en el mundo. Esto se explica por la forma en que está conformada la matriz energética mundial: el 31% del total de la energía primaria que consumimos en el planeta viene del petróleo, el 27% del carbón y el 24% del gas natural (BP Statistical Review of World Energy, 2021). 

Pienso que esta es la principal razón por la que el impulso de las energías renovables se ha convertido en la bandera de la lucha contra la crisis climática. No es la única pero sí una que permite, con cierta facilidad, trasladar el incremento de las temperaturas globales a una discusión ética con respecto al futuro de los seres humanos y del planeta.

Sobre la base de esta perspectiva ética, el impulso de las energías renovables se relaciona con oportunidades en todas las direcciones. Desde las que están vinculadas con la generación de empleos, hasta aquellas que tienen que ver con la reducción de la contaminación del aire, con el acceso al suministro eléctrico y con la posibilidad de contar con servicios básicos de calidad. 

Aunque la base de esta discusión ética tiene una dimensión global en la cual encuentra legitimación, esto no significa que esté al margen de presiones y agendas particulares. Frente a la diplomacia verde, tan vigente y vigorosa en estos días, los términos actuales en que se discute sobre el cambio climático y la transición energética parecen reducirse a la sostenibilidad.

No obstante, para muchos otros actores – principalmente locales – la narrativa global sobre los beneficios de las energías renovables es cuestionable. Estos actores consideran que las energías renovables no están a la altura de su promesa de crear un entorno económico, ecológico y social que represente una alternativa sostenible. Argumentan, en cambio, que la producción y el consumo de energía están intrínsicamente ligados con las relaciones sociales y por ello reflejan conflictos históricos y asimetrías de poder entre actores. 

Desde esta dimensión local, el desarrollo de las energías renovables se percibe como una invasión. (Renewable energies and politics of scale, Rosa Lehmann).

Sobra decir que ambas dimensiones, la global y la local, detallan experiencias propias de entender la vida. Tal aseveración me lleva a concluir que no hay un terreno neutral en dónde pararse a la hora de analizar y juzgar las formas en que se produce y se consume la energía. Tampoco hay juicio objetivo con respecto a las maneras en que la energía puede poner en peligro nuestras vidas (Introduction: The ethical constitution of energy dilemas, Mette M. High y Jessica M. Smith). 

Me queda claro que en la medida en que la crisis climática y la transición energética intentan articularse desde las dimensiones local y global, se presentan desafíos vinculados con la forma en que se entiende la primera y se implementa la segunda. Dichos desafíos plantean preguntas críticas sobre el futuro de las energías renovables. Desde lo global, por ejemplo, vale la pena preguntarse sobre lo que hay atrás del desarrollo de las tecnologías renovables y sobre cómo es que han pasado a ocupar el centro de la discusión pública. Desde lo local es útil plantearse cómo es que las relaciones sociales y de poder pueden impulsar la transición energética sin que eso signifique una invasión.

Por lo demás, estoy convencido de que un mundo que ha sido y continúa siendo alterado por la acción humana, como el nuestro, necesita un nuevo lenguaje para poder implementar rápida y exitosamente la transición energética. Al decir esto sé que estoy lanzando una crítica a las visiones global y local. Sostengo, en todo caso, que aun cuando las acciones para afrontar la crisis climática se deben dar desde una perspectiva global, las formas de producir y consumir la energía deben tomar en cuenta las dimensiones locales. 

Vaya reto el que tenemos. 

Por Arturo Carranza Guereca 

Sígueme en Twitter:  @Art_Carranza

Fortuna y Poder

Marco Mares
¿Es la informalidad un obstáculo para obtener crédito para la vivienda?
Sistema de Transferencia y Pagos. Optimiza el tiempo de tu empresa.
Publicidad