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Daniela Blancas

La cotidiana violencia de género

Las trasgresiones contra mujeres no respetan nivel económico, educativo o social, ni posturas políticas, ni nacionalidad, ni religión, cultura o vocación. Todas estamos expuestas

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Daniela Blancas, columna

Muchos ya están “cansados” de escuchar y leer opiniones sobre el 9 de marzo y el movimiento #UnDíaSinNosotras. Cansados de escuchar las “quejas” contra un sistema y una sociedad que tienen aún pendientes la seguridad de las mujeres y la equidad de género. Cansados debemos de estar de las causas que llevan al movimiento y no del “argüende” que estamos organizando para que la situación cambie. No es un tema de ser “escuchadas”, porque ahora es tiempo de actuar. El movimiento abre la puerta a la protesta en contra de los feminicidios, pero también – e igualmente importante – a la reflexión y a los cuestionamientos sobre cómo queremos vivir. Nos invita a no volvernos ajenos a la realidad.

En estas semanas me ha sorprendido la enajenación con la que nos planteamos el feminismo, los feminicidios, la violencia y la inseguridad. Hemos aprendido a vivir con ello y está enraizado en nuestra cultura. Exigir, vivir, transmitir o hablar de la equidad de género nos ha puesto en la categoría de: problemáticas, amenazadoras y el tan escuchado y terriblemente creado término de la “feminazi”. Hemos llegado al grado que nos parece chistoso hablar de esto. En la justificación de “ya no se puede hacer ni una broma”, “es un chiste” o “qué sensible”, seguimos alimentando el machismo, la justificación del poderío masculino y la libertad para ‘cosificar’ a la mujer. Esto tiene que acabar. Para muchos, el violador es un criminal, pero las “pequeñas” acciones cotidianas que fomentan la cultura machista resultan aceptables: una sutil y discreta agresión. 

Recientemente una amiga me comentó: aquí nos tratan muy bien, no sé para qué me sumaría al movimiento. Y sí, posiblemente muchas de las mujeres que hoy leen esta columna tengan “el privilegio” de ser tratadas correctamente por sus parejas, amigos, jefes y compañeros. Veo dos grandes errores que continuamente cometemos: 1) creer que ser tratadas correctamente es una fortuna y debe agradecerse y no un derecho que debe ejercerse y 2) creer que, por vivir en un entorno menos agresivo, no tenemos por qué luchar. Esta normalización de la amenaza a ser violentada en cualquier forma, ha llevado a una enajenación del problema: “a mí eso no me pasa, ergo, no es mi problema”. 

La realidad es que todas estamos expuestas a diversos grados de violencia (todos igualmente censurables), a la inseguridad, el chiflido en la calle, las miradas o comentarios lascivos, el chiste machista, la culpabilidad implícita de provocar por comportarte o vestir de cierta manera, al juicio de guardar silencio porque es un atrevimiento agresivo defender nuestra postura, al mansplaning, a ser tratada como mujer florero, a ambicionar ser independientes económicas de un hombre, a que nos avergüence o ponga en riesgo beber alcohol porque, entre otras cosas, puede ser invitación a que nos abusen, a múltiples desventajas laborales por ser mujer, a las críticas por ausentarnos cuando nos volvemos madres, el diferencial salarial, entre otras. Las trasgresiones contra mujeres no respetan nivel económico, educativo o social, ni posturas políticas, ni nacionalidad, ni religión, cultura o vocación. Todas estamos expuestas. 

El mundo está cambiando y evolucionando, la sociedad despierta cada vez más a la conciencia. Aun así, tenemos que frenar las acciones que incentiven actitudes violentas hacia las mujeres, en cualquiera de sus formas y provenientes tanto de hombres como mujeres. La equidad de género no equivale a una batalla entre los sexos, todo lo contrario. Hace poco leí una entrevista del padre de Malala en la que destaca que, en sociedades patriarcales, el involucramiento de los padres de familia es fundamental para promover y fortalecer los derechos de las mujeres porque moldean conductas y expectativas en sus hijos e hijas. Veo el rol de los hombres como el aliado para frenar actitudes machistas, no como el enemigo. Me alegra ver que muchos hombres se suman y hablan con empatía hacia la desesperación y disgusto de las mujeres, una construcción de la nueva masculinidad que apoya y respeta a las mujeres. 

Me sumo al movimiento por todas aquellas mujeres que no tuvieron la “ventaja” de vivir en un ambiente seguro y sin violencia. Me sumo porque quiero que las siguientes generaciones vivan en mundo más equitativo, libres de violencia física, sicológica y emocional. Porque este gobierno no escucha las causas que él no articuló y no está tratando este problema con la seriedad que merece. Espero que quienes no estaban convencidos, encuentren motivos para ver este problema como uno de todos, hombres y mujeres, y que nos sumemos en plena consciencia, a todas las acciones que busquen frenar la violencia contra las mujeres, por pequeñas que parezcan. 

Agradezco a mi familia y [email protected] por ayudarme a ver más aristas en este complejo tema y a quienes nos ayudan a luchar contra la inequidad. 

Daniela Blancas

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Marco Mares
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