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Fernando Gómez

EL NO CIRCULA AL AEROPUERTO

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Ante los planes de contingencia para tratar de disminuir la contaminación ambiental en el valle metropolitano, las autoridades no han dicho nada respecto a la contaminación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), donde se generan unas 3 mil toneladas diarias de dióxido de carbono. Tomando en cuenta un estudio de 2013 del Instituto Mexicano del Transporte, en el que se planteaba reducir las emisiones de gases contaminantes en aeropuertos saturados.

Un avión para 150 pasajeros con motores encendidos en plataforma (ya estacionado fuera de las pistas de aterrizaje o despegue) consume aproximadamente el equivalente a 80 automóviles. Haciendo el cálculo de que al día se atienden 1,225 aviones en promedio, tenemos algo parecido a lo que contaminan 98 mil autos. La Ciudad de México tiene una registro vehicular de 5 millones de automóviles, por lo que representa casi el 2 % de lo que contamina la flota vehicular o visto de otro modo, equivale al 10 % de la contaminación que generaría el millón de autos que deja de circular al día.

Sin embargo, esta emisión de contaminantes puede triplicarse si consideramos las maniobras aterrizaje y despegue de los aviones, que es cuando se aceleran las turbinas de las aeronaves, así como en ocasiones cuando los aviones sobrevuelan más de lo habitual el espacio aéreo en el valle metropolitano ante cierre de las pistas por adversidades meteorológicas como neblina, granizo, lluvia, etcétera. Los aviones en estos casos son obligados a dar vueltas y vueltas hasta que hay condiciones para aterrizar o, de plano son enviados a otros aeropuertos como Morelia o Acapulco, lo que conlleva mayor consumo de combustible y por ende mayor emisión de contaminantes.

En tierra y en esas adversidades, las aeronaves permanecen en pistas o plataformas consumiendo combustible ya que no deben (aunque lo llegan a hacer) apagar los motores, puesto que deben mantener el aire acondicionado para los pasajeros que en ocasiones han esperado hasta horas por percances de este tipo o cuestiones de falla mecánica.

Recientemente escuché una entrevista a la subsecretaria de Transporte, Yuriria Mascott, en el programa “Alebrijes, Aguila o Sol”, en donde ella mencionaba los aeropuertos “alternos” de la Ciudad de México que podrían utilizarse ahora que entre el Acuerdo Bilateral Aéreo entre México y Estados Unidos. Sin embargo, tales aeropuertos alternos no existen, puesto que los habilitados para ello son los que ya mencionamos: Acapulco y Morelia, situados a más 300 kilómetros de la Ciudad de México, lo que técnicamente por tiempo, distancia y conectividad dejan de tener esa condición. Quizás quiso referirse a aeropuertos complementarios para resolver el problema de espacios o slots en el AICM.

Pero volviendo al tema de la contaminación en el AICM, tenemos una realidad: el aeropuerto se encuentra dentro de la urbe metropolitana y nadie ha hecho nada al respecto. No me refiero a que se opte por el mayor uso de biocombustible que, aunque alternativa válida, faltarían unos 25 años para empezar a ser más viable en la industria, sino a que hace falta desconcentrar este aeropuerto (opciones reales existen).

El Gobierno Federal sabe acerca de su permisividad para que el AICM se haya congestionado a grado tal de exponer la seguridad de pasajeros, aeronaves, así como de la población aledaña. También es de llamar la atención que el gobierno capitalino no haya anotado esta fuente de contaminación para la urbe; en ninguna de sus páginas hace referencia al aeropuerto capitalino. Aunque no es de su jurisdicción, debiera anotar y considerar la gran cantidad de contaminación ambiental tanto de gases tóxicos como auditiva.

Se castiga el uso de vehículos particulares para paliar este problema de contaminación, pero se olvidan de lo que contaminan los aviones, los anafres y asaderos con carbón que pululan en la vía pública. Tan sólo en puestos de tamales, se calculan en el valle metropolitano unos 10 mil puestos más otros 20 mil de pollos al carbón, alitas adobadas, hamburguesas, carnes asadas, tacos de suadero, quesadillas, etc. Sumen estas imprescindibles opciones en la dieta mexicana, más los ingresos no fiscalizables que ello genera a jefaturas delegacionales o líderes ligados al poder político y entenderemos por qué aquí no se establecen medidas coercitivas para una menor contaminación.

Ni las medidas y limitaciones para la circulación de vehículos automotores han sido efectivas en la reducción de contaminantes ambientales, ni los programas de movilidad en la Ciudad, puesto que no hay transporte público eficiente (ni suficiente, pues por ello no se continuó con el doble Hoy no Circula), ni se aplicó ya al transporte federal de mercancías pesadas ante la amenaza de un desabasto de productos en la Ciudad. Lo que nos salvará son las lluvias y vientos que milagrosamente disminuirán estos altos índices de ozono, ahora sólo falta cuidarnos de la lluvia ácida y de las inundaciones, pero eso -como todos los años-, serán problemas coyunturales con soluciones emergentes, sin planeación ni viabilidad… meras ocurrencias y culpas entre los gobiernos federal y el local.

Fortuna y Poder

Marco Mares
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